martes, 19 de febrero de 2008
La gran vía del norte
Han pasado meses desde los festejos de la revolución, de la metralla y las bombas barriendo la plaza; de los tanques Sherman demoliendo metro a metro el último baluarte de la resistencia; de los oficiales llevados en andas por una multitud bien vestida bajo una lluvia de amapolas y claveles. A la “densa masa de hombres laboriosos” le llevará años comprender la enormidad de lo perdido.
En una estación de campo, un peón rural trepa al tren y llega a Buenos Aires para un trámite jubilatorio. Pero lo hace fuera de horario y deberá aguardar hasta el lunes.
Se aloja en una pensión de la Avenida de Mayo. Descansa el sábado y al día siguiente sale a caminar por la ciudad.
Toma por Florida al norte. Reposa unos minutos en Plaza San Martín y emboca la Gran Avenida. Se ve como un extraño en el cristal de las vidrieras pero sonríe por dentro imaginando lo que contará a su regreso en la rueda del mate.
El domingo a la mañana la Avenida Santa Fe es una fiesta. Por la vereda soleada los caballeros pasean sin prisa al abrigo de sus fortunas. Distinguidas señoras mueven su opulencia entre el galanteo masculino. Rosadas muchachas del secundario sueltan sus risas entre las piernas de sus festejantes. Todo es vidriera, elegancia, manual de buenas costumbres y retrato de familia.
El paisano procede despacio apoyándose en el bastón. Cada cruce es una aventura y se estremece a cada paso de tranvía.
Frente a San Nicolás de Bari el gentío que sale de misa lo sorprende.
Duda, pero ya es tarde para echarse atrás.
Con el bastón divide las aguas e intenta avanzar. Algo le traba la alpargata y al intentar zafar oye un alboroto canino: tiene una perra té con leche enredada en la pierna.
Al oír el barullo, la dueña recoge la correa y se dispone a ofrecer sus excusas cuando al girar, se encuentra frente al hombre.
Sublevada, la mujer vacila.
En el recuerdo se le aparece un jornalero de la estancia a quién su padre solía mortificar con el apodo de gaznápiro, y tomando por ese atajo, suelta el improperio.
–¡Gaznápiro!
Al oír la palabra el hombre sale disparado hacia el pasado. Reconoce a la primogénita de su ex patrón y se dispone a darle un saludo cargado de historia.
–¡Señora…
Pero la dama no tiene la misma facilidad para remontarse en el tiempo. Al ver al desconocido insinuarse de ese modo, se sujeta el astracán contra el pecho y con la otra mano le propina un carterazo sobre las gafas mientras la perra enloquece.
Desconcertado por el golpe y la pérdida de los cristales, el paisano lucha por conservar la sonrisa, pero no puede. En medio de la vereda, en un claro, doña Pura Rocío del Solar y el peón son el centro de las miradas.
Roja de vergüenza, la señora vuelve a golpearlo dos veces haciéndole saltar el bastón antes de caer desvanecida sobre sus tacos. La perra no para de ladrar.
Conmocionado, sin anteojos ni sostén, el hombre se inclina sobre la mujer para socorrerla mientras el gentío cierra el círculo.
Un joven alto de porte gallardo se desprende de un corrillo de estudiantes uniformados, recoge el bastón y otea por encima de las cabezas.
Ve al paisano arrodillado ante la dama tratando de sujetarla en un abrazo que se deshace.
El muchacho se acuclilla, hace pasar el bastón entre las piernas de los curiosos y enganchando al peón por un tobillo, tira haciéndolo caer sobre la matrona.
Al sentir el peso del hombre sobre su cuerpo, la mujer exhala un alarido.
Feliz de su hallazgo, el muchacho exulta:
–¡Qué porquería, che!
Sus compañeros acuden y se suman al jolgorio.
–¡Negro apestosos!
–¡Chino inmundo!
Atravesada por una ola de santa indignación la multitud se encrespa y se desmorona sobre el hombre de campo.
Impulsado a puntapiés abotinados y a trompadas de muñecas engemeladas el hombre rueda sobre sus huesos cansados.
La voz se propaga por la Gran Vía: frente a San Nicolás de Bari, a la salida de la misa de doce, un provocador al servicio del régimen depuesto ha intentado abusar de una dama.
Cercado por el odio, el paisano logra incorporarse. Dos jóvenes del Sagrado Corazón lo toman de los brazos y lo conducen hasta la escalinata de la iglesia.
El hombre apenas se sostiene. Una mano piadosa le devuelve la chalina que cae enlodada sobre su espalda. El joven alto sube un par de escalones, levanta la diestra e intenta apaciguar los ánimos. Pero el fuego está encendido y el coro lo aviva al grito de:
–¡Cobardes! ¡Hagan justicia!
Una nueva ola de insultos y empujones arremete contra el grupo. Los muchachos vacilan. Una lluvia de silbidos les picanea el orgullo.
Resignado, el estudiante en jefe cumple un gesto definitorio: se quita la corbata.
Sus compañero lo imitan.
–¡Solicitamos a los caballeros presentes tengan a bien ceder sus corbatas! –reclama.
–¡Corbatas! –repiten algunos a modo de eco.
Por sobre las cabezas pasando de mano en mano arriban las prendas que los muchachos anudan formando cuerda, mientras la primera sujeta ya las manos del prisionero.
Un par de mozalbetes trepan al paraíso y fijan el cordaje.
Una nueva comunión embarga a los presentes.
Las mujeres entonan el salmo ofrenda de paz y los hombres acompañan a media voz.
El tiempo sin moverse se ha desmoronado hacia el pasado.
Los nuevos oficiantes traen a la víctima.
La elevan entre varios y la sostiene en alto.
Por sobre el gentío, descalzo, con una ceja partida y la mirada ausente, ensangrentado el bigote entrecano, el criollo contempla ese rebaño incierto y murmura:
“¿Qué sucede padre?”
Ve algo así como un rastrojo alto sacudido por el viento. El verdugo le coloca el lazo y sus compañeros tensan la cuerda. Alguien grita:
–¡Viva Cristo rey!
La multitud responde:
–¡Viva!
Y lo sueltan.
La ofrenda se balancea, pero uno de los nudos cede y el hombre se viene abajo emitiendo un quejido.
La multitud exhala su decepción.
–¡Más corbatas! –claman desde el círculo áulico.
Cruzando el aire como víboras vuelan las sedas italianas.
La operación se repite. Los jóvenes oficiantes rehacen la cuerda y ciñen el lazo.
El peón cabecea en la tormenta. Sus ojos extraviados se posan sobre la multitud. Ve un campo ondulado que se extiende impreciso. Percibe el trajinar lento y confuso del ganado. Oye la voz limpia de su padre que recomienda:
“¡Asujete fuerte m’hijo!”
Él murmura: “Sí, Tata.”
La multitud vocifera. El peón gira la cabeza en busca de apoyo cuando el tirón lo sorprende cayendo. Pero el hombre va ya libre por el campo.
“¡Asujete m’hijo!” le grita el padre mientras él parte en el primer galope glorioso de su primer petiso, que será también el último.
Esta vez la cuerda resiste.
El cuerpo se convulsiona en medio de una lluvia de flores de las ramas altas.
Alguien sentencia:
–Se ha hecho justicia… Alabado sea el Señor.
–Alabado sea –contesta la grey.
Se abren las puertas del templo. Los acordes del órgano se derraman por la escalinata.
Concluida la última misa el cura párroco acude a la explanada a impartir la bendición. De rodillas, los hombres se descubren. La feligresía se persigna. Dos monaguillos echan incienso.
Una niña llora mirando como su globo se pierde entre los edificios.
Recién entonces, uno de los patrulleros que había permanecido estacionado en la esquina cerrando el tráfico, se pone en marcha y se aproxima.
Dejando las puertas abiertas descienden dos oficiales y se abren paso hasta el árbol del colgado.
El de mayor graduación jala del cadáver que se desploma sobre el pavimento. El otro se agacha a afloja el lazo.
Dos colegiales trepan al árbol y recuperan el resto del cordaje.
La turba se contrae hacia delante.
Escalón arriba, uno de los educandos levanta la mano, pide silencio y da inicio al protocolo.
–¡Pierre Cardin gris, con pintitas rosa…!
–¡Presente! .–contesta una voz, al tiempo que un varón enfundado en una gabardina inglesa se aproxima a recuperar su trozo de historia.
Sigue un apretón de manos y una salva de aplausos.
El bachiller vuelve a clamar:
–¡Rhoder’s, herraduras y escudos!
–¡Presente! –y tras la voz, hace su aparición un individuo rollizo, pavoneando su pecho descorbatado.
–¡Iotti, halcones y banderas!
–¡Presente! –responde un caballero maduro de sombrero y bastón que se detiene a saludar a cada paso en medio de vítores y abrazos.
–¡James Smart, franja dorada y botas!
–¡Presente!
–¡Castro, búlgara verde y violeta!
–¡Presente!
–¡Scapino, patos y faisanes…!
Silencio.
A la voz:
–¡Sagrado Corazón! –responde una ovación.
–¡Uniforme Sagrado Corazón! –la ovación se repite y estalla el bullicio femenino. Hay lágrimas, risas, conmoción.
Concluida la ceremonia, los hombres de azul se dirige a lo que en vida fuera Eustaquio Peralta, lo colocan en el baúl del patrullero y haciendo sonar la sirena parten de contramano.
La Gran Vía del Norte queda liberada al tránsito y la gente comienza a desconcentrarse.
Los floristas echan al hombro sus canastos y los triciclos de golosinas parten hacia el sur. El vendedor de cintas y escarapelas se aleja con el tablero vacío. Ha vendido todo, pero va absorto, callado.
Hacia la 9 de Julio se diluye la última columna canora. Lentamente la avenida se abandona al sopor de las tardes de domingo.
Casi no hay tránsito. Sólo queda un empleado municipal barriendo a la altura de la iglesia.
De Callao al este vienen avanzando dos carros. Uno pequeño, guiado por un ropavejero, y más atrás, el gran carro recolector de basura.
El carrito avanza al paso, entrechocando botellas, sillas rotas y trastos metálicos.
Cuando llega a la altura del barrendero se detiene.
–Salú, amigo. ¿Algo para mí?
El que limpia lo mira. Al fin, indica:
–Si quiere… revise ahí.
El del carro baja, levanta del suelo una vara y revuelve en los desperdicios.
Regresa con algo que parece una manta negra, ensopada, que arroja sobre la carga.
Sin dejar de barrer, el que limpia se aproxima.
–¿Encontró algo?
El otro duda:
–Un bastón hecho chuza… y un astracán ensopado. ¿Quiere que le diga? Parece sangre.
–El barrendero murmura:
–Hermano, no se confunda, es agua. Agua sucia…
–Está claro –apura el otro.
Se toca el sombrero y salta al pescante.
En un acto reflejo el mancarrón se pone en marcha. Casi enseguida el del carro se vuelve:
–Oiga, ¿van a dejar eso ahí?
–No se priocupe… Cada cual en lo suyo.
El mercachifle hace un gesto y se aleja.
El que barre se dirige hacia el montículo de hojas y desperdicios y a golpes de escobón lo desplaza hacia la esquina.
El bulto se desliza sobre el agua que corre junto al cordón de la vereda. Cuando llega frente al contenedor de basura bajo nivel, el hombre abre las tapas y palanqueando, lo hace caer al interior del cubo.
Ahí tiene un instante de fastidio. El bulto sobresale demasiado. Sin mucha paciencia se para encima y salta repetidas veces. Algo cede debajo y la basura queda calzada en el tacho.
Con el pie baja las tapas y arrastrando pala y escobón se dirige a la boca siguiente.
Tras él, llega el carro basurero.
Descienden dos hombres, abren las tapas, extraen el cubo con ayuda de ganchos y apoyándolo sobre el borde del carromato lo inclinan lo suficiente como para verter el contenido.
Parado en medio de las inmundicias otro empleado acomoda la carga con una escoba gastada.
Vaciado, el cubo vuelve a su nicho.
Los hombres trepan a un costado y el vehículo procede.
El del escobón aguarda más adelante junto a la última boca.
Hasta allí llega el carro y repite la operación.
Cuando terminan, el barrendero cuelga sus utensilios del varal y trepa junto al conductor. El resto del personal se reparte entre ese carro y otro que viene detrás.
Para ellos la jornada a terminado.
Los carruajes derivan hacia el río.
En la barranca, un caballo resbala y el conductor acciona el freno a manivela.
Por entre una nube de palomas, lentas, llegan las campanadas de la Torre de los Ingleses.
Son las cuatro.
Los hombres van callados.
A lo lejos, sobre los álamos de la costanera, una columna de humo se disuelve en el cielo.
Mientras atraviesan el puente, el barrendero saca un pucho del pañuelo, enciende, y lo sorbe con recelo.
Recién entonces echa una mirada hacia atrás.
El bulto grande sobresale apenas en el fondo. A su lado, el bultito té con leche va cubierto de moscas.
Por el empedrado y a los saltos el carro de la basura se va perdiendo hacia la quema.
lunes, 28 de enero de 2008
La Hormiga
domingo, 27 de enero de 2008
El hombre del lobo
El hombre del lobo
El niño yace tumbado en sollozos cuando el animal se aproxima. La tibieza de la lengua en la mejillas le abre los brazos, frenéticos. Logra aferrarse, embocar un pezón, mamar a la desesperada. Por sobre su cabeza, rastrillando el cielo, el viento acarrea nubes de una cumbre a otra.
Diez meses antes, cuando nació, era la guerra. El padre había partido para el frente y la madre, huérfana de sí misma en medio de la barbarie, a poco de parirlo eligió la paz por sobredosis de barbitúricos. El recién nacido quedó en manos de la doméstica que lo crió en silencio y devoción. Cuando una bomba entró por la chimenea y sin explotar quedó latiendo en el living, la mujer recogió al pequeño, se lo cruzó sobre el pecho para darse ánimos y caracoleando entre cráteres y escombros se dirigió hacia su casa natal en las montañas. Anduvo en la noche y se ocultó durante el día, cuesta arriba hacia el sol, hasta reconocer finalmente el sendero, la higuera, la cerca de piedra. Con sus últimas fuerzas y con el niño pataleándole sobre el vientre, volvió a recorrer la doble hilera de álamos hacia el único lugar donde alguna vez había sido feliz. La vivienda estaba en ruinas pero ella no pareció advertirlo. Deshizo el hatillo, depositó a la criatura allí donde su madre se sentaba a hilar todas las tardes, lo cubrió con su chal, levantó la vista... Y comprendió. Comprendió que había pasado demasiado tiempo desde que ella a los nueve años había bajado a la ciudad de la mano de su primera patrona como para que sus padres vivieran y la casa conservara su integridad. Ella misma apenas podía sostenerse sobre sus fémures cansados. ¿Cuánto hacía que no se buscaba la mirada en el espejo? Sintió como de pronto y sin ruido entre las vértebras y las costillas los años se le desmoronaban todos juntos uno sobre otro. No estaba triste. Se sentía liviana, transparente. Comprendió que su misión estaba cumplida, que se había agotado su tiempo y estaba lista. Puso junto al niño dormido los últimos mendrugos y se alejó con la intención de dejarse morir allí donde la tierra quisiera recibirla. La encontró la loba, la misma que más tarde se encargaría del niño y la devoró mansamente junto a sus cachorros, limpiando los huesos.
Pasó un tiempo. El niño era casi un muchacho, un muchacho-lobo cuando apareció por allí un hombre, el primero en años, arrastrando consigo la historia de su especie. El niño lobo lo observó a escondidas durante días. Una noche lo vio caer vencido por el sueño junto al fuego y llevado por un impulso irrefrenable se acercó. Mientras lo devoraba con los ojos el hombre que duerme sueña que no está solo y despierta. Trae la mirada desorbitada de quien viene del otro lado del mundo. El lobo humano extiende las patas, su dentellada convertida en lengüetazo. Vencido por el espanto el hombre extrae un cuchillo y se lo estrella en el pecho. La sangre salta y retoma su curso natural. La devoción de la criada, la leche de la loba, la furiosa algarabía de la manada vuelven a la tierra. La última llama se extingue. El hombre con el arma en la mano queda solo temblando bajo la cúpula del universo. Sobre su cabeza giran imperturbables los astros.
La vida violenta (Reseña)
Reseña - Radar Libros

Boxeando con las palabras
[Por Lautaro Ortiz, para Radarlibros]

Un trabajo extremo con el lenguaje caracteriza la primera novela de un escritor maduro.
Pegar y ser golpeado. Eso es lo que encuentra el protagonista Juan Amaral durante su peregrinaje relatado en Todo esto será tuyo, primera novela de Augusto Bianco, nacido en Italia en 1942 y con una larga trayectoria en el país como periodista, traductor y editor.
Con una prosa deliberadamente sucia, tartamuda, construida a tijeretazos, Bianco despierta de la larga siesta a cualquier lector que se le anime a sus páginas. Claro, cualquier lector quiere decir aquel que desprecie del género las descripciones detalladas, la falta de imaginación, las largas reflexiones al margen de la historia y una prosa no vinculada con la gestualidad de la poesía, es decir, sin ritmo.
El personaje central es una suerte de bestia marginal (“vivía en estado de brotación salvaje”, lo describe Bianco) que pasa por lo peor de la vida: la violencia de un orfanato; el amor salvaje con su madre; el éxito como boxeador sanguinario (con el apodo de Amasijo Noyo masacra a sus rivales con “el disparo a repetición, el falso trompadón, el firulete distractivo, el bolopunch cruzado”) y hasta se convierte en el creador de un nuevo deporte: el boxtoreo. En su largo camino de penurias (va sin nombre aceptando la identidad que le depara cada aventura), el personaje se enfrenta al mundo de la soledad que impone la hipertecnología y hasta presta su cabeza para el nudo de la guerrilla centroamericana. Al igual que Jesús (el título de la novela remite al relato bíblico), Juan Amaral descubre en los golpes el verdadero sentido de la existencia humana y de su raza.
La figura del abuelo, esquizofrénico ingeniero perteneciente a una hermandad del aire y creador del dirigible Utopía (siempre está cuando a su nieto le faltan fuerzas) es un logro en la novela. Un personaje dibujado por dos o tres trazos porque lo que importa es lo que sale de su boca: “Ya quisiera para mí la contundencia de la rama, capaz de dosificar la sal de la tierra, plegarse a la tormenta, filtrar las radiaciones. ¡Cuánto más extraviados son los frutos del pensamiento humano! El estado de gracia es el estado vegetal humanizado, grité una vez en el seminario. A partir de ahí, me consideraron loco”. La dupla nieto-abuelo trabaja el contraste: tierra-sueños, muerte-vida, pensamiento-práctica. Uno en la tierra sufriendo, el otro en el aire enseñando: mientras Amaral se rompe el cuerpo descifrando el mundo, su abuelo desde lo alto se rompe los ojos viendo la imposibilidad de su sangre.
Entre resonancias de Arlt y Borges se escucha la humorada a la que siempre recurre Bianco para levantar la historia: juegos con refranes, con citas tangueras, guiños eruditos, gestualidades políticas y una velocidad en el relato que asombra. Sus descripciones son un ejemplo: “Escorado, el dirigible rola en la borrasca”; “Brota la torre como un hongo arrancado de la tierra por la fuerza del sol”; o el comienzo memorable: “El tren viaja por el espacio abriendo el universo. Verdetierra, verdetierra, laguna y cielo, desparramo de pájaros, alambrado y silencio”.
Bianco no respeta el equilibrio entre la historia y la prosa, y eso hace que su novela sea distinta. A Todo esto será tuyo habrá que sumarla a esa literatura que no vive de prestado sino que escarba el centro, que le mira los ojos a la novela.
Fuente: Radar Libros
